Una palabra aterradora
- Connie Hunter
- 8 minutes ago
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Hay una palabra que desde hace décadas nos pone los pelos de punta. Basta con escucharla para que el cuerpo reaccione. A algunas personas las paraliza, a otras las hace llorar. Pensamos lo peor, aunque hoy existan tratamientos más precisos, diagnósticos más tempranos y pronósticos que antes eran impensables. Aun así, cáncer sigue siendo, para muchísimas personas que he conocido, un monstruo al que no queremos ver de frente.
Cuando aparece cerca, en la vida de alguien que amamos o en el propio pellejo, nos volvemos más sensibles, más vulnerables. Y muchas veces se convierte en el punto de partida de cambios profundos de hábitos, de forma de ver la vida, de sentir, de pensar y de expresarnos. Es una palabra que nos obliga a detenernos y a preguntarnos qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.
A nivel científico, el cáncer ya se ve diferente en el siglo XXI, sobre todo en países donde la investigación ha dado grandes pasos y donde existen más recursos económicos para acceder a tratamientos. Hay más opciones para tratarlo y, en muchos casos, menos probabilidades de morir en el corto plazo. Pero incluso cuando el pronóstico es favorable, el simple hecho de saber que “la posibilidad de morir” existe (como si fuéramos inmortales), se activa en nosotros las ganas de vivir con atención plena. Por eso he escuchado decir frases como “bendito cáncer que me enseñó a vivir”.
Si la primera vez que lo escuchas dirigido hacia ti o hacia alguien cercano te tiemblan las manos, se te va el sueño y tu mente se va directo a los peores escenarios, te puedo decir que es completamente normal. La idea que aparece primero suele ser sufrimiento y muerte. Esa asociación está instalada desde hace años en nuestro imaginario colectivo; la hemos visto en películas, en historias contadas a medias y en dolorosos silencios familiares. El duelo anticipado se activa y, concluya o no en muerte, el cuerpo lo vive como si esa fuera la única salida.
Cáncer y muerte van de la mano en la cabeza de muchos, y sacarnos de ese paradigma puede ser complicado. Pero no siempre es así. Cada vez es más común ver en redes sociales el video del familiar tocando la campana, ese gesto maravilloso que anuncia “estoy libre de cáncer”. Porque el cáncer también tiene otra cara. Es una enfermedad que pone en nuestra boca palabras como esperanza, en nuestro corazón la fe y en nuestra mente una fortaleza que no sabíamos que teníamos. Desarrollamos habilidades que no estaban en nuestro mapa y, así como rompe relaciones, también puede unir familias y amistades. Cuando se sana físicamente, se siente que el triunfo ha sido de todos.
Y, sin embargo, quienes aprendieron “cosas” en el proceso no hablan necesariamente de derrota cuando llega la muerte. Suelen hablar de alivio, de sanación emocional y espiritual. Quienes acompañaron al paciente, hablan de haber dicho lo que antes se callaba, de haber pedido perdón, de haberse atrevido a amar mejor, de haber hecho las paces con lo inevitable. Vivieron, sanaron y se fueron.
Mi papá, que vivió con cáncer sus últimos años, decía que la única diferencia entre él y yo era que de él se sabía que tenía más probabilidades de morir más pronto, pero que para morir el único requisito era estar vivo. Y así, con esa objetividad, nos despedíamos cada vez que lo visitaba: sabiendo que en cualquier momento él (o yo) podría no estar para un nuevo encuentro.
La tanatología me ha permitido mirar los adioses como hasta luego, y al cáncer como lo que es: una enfermedad que, estadísticamente, se lleva a menos gente que la violencia en las calles de Guayaquil, las enfermedades cardiovasculares o la diabetes. No es el monstruo gigantesco que me hicieron temer cuando era pequeña. Más monstruosas eran, por ejemplo, las galletas azucaradas ultraprocesadas que me compraba en el supermercado y que me comía con una cola mientras veía televisión en la tarde. Una rutina aparentemente inofensiva que, con el tiempo, puede dar paso a muchas enfermedades.
La medicina de estilo de vida, por otro lado, me ha ayudado a encontrar caminos para prevenir, acompañar procesos y sostener una mejor calidad de vida. Me enseñó que la alimentación consciente, el descanso, el manejo del estrés, el movimiento y hasta lo que usamos para limpiar la casa o cuidar la piel influyen más de lo que pensamos. Pero también me dejó una verdad incómoda y necesaria: ni siquiera haciendo “todo bien” tenemos garantías. Hay factores que no controlamos como la genética, la contaminación, el azar, la historia. No estamos exentos, aunque intentemos mantener nuestro cuerpo, nuestro entorno y nuestra vida impecables.
Y quizá ahí está la clave para empezar a mirar de frente a esa palabra aterradora: comprender que el objetivo no es vivir con miedo ni vivir buscando certezas imposibles, sino vivir con más conciencia. Entender que, aunque no podamos controlar el final, sí podemos influir en el camino. Que no se trata de negar el susto, sino de no dejar que este nos gobierne. Que hay vida incluso en medio del diagnóstico, y que a veces lo más valiente no es ser fuerte todo el tiempo, sino permitirnos sentir, pedir ayuda y de verdad vivir un día a la vez.
Porque el cáncer, como tantas otras cosas, nos confronta con la verdad que me enseñó mi papá: el único requisito para morir es estar vivo. A lo que yo agregaría: y si hoy estamos aquí, aprovechemos para amar mejor, tomar decisiones más conscientes, soltar lo que pesa y elegir vivir de una forma que nos deje en paz con esa historia que estamos escribiendo de nosotros mismos. Y si algo puede nutrir ese camino, es la compasión.
Hace poco, una noticia en Estados Unidos me dejó un nudo en la garganta. Un adolescente con cáncer murió dos días después de que detuvieron a su mamá indocumentada cuando iba a trabajar en Maryland. No lo digo para hablar de política, sino para recordarnos que el cáncer ya es bastante duro como para que encima se viva con castigos extra, con trámites deshumanizados y con miradas frías. Si hoy estamos vivos, aprovechemos para ser más compasivos con quienes atraviesan un diagnóstico y también con quienes los acompañan, enfocándonos en la persona, no solo en la enfermedad.
Publicado en desdemitrinchera.com




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